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LAS MANOS DEL ABUELO

Autor:  Thelis R. Frantzís

Libro: Cuentos y Poemas Griegos Modernos

Traducción: Marco A. Perales Oyarzún

 

Había una vez un viejo pescador valiente y bello. Tenía sus cabellos completamente blancos, barba larga y bigotes. Sin embargo, no parecía en absoluto feroz con tales bigotes, porque sus dos ojos grandes y azules iluminaban con bondad su rostro y sus manos tocaban cada cosa con tanta ternura que, aquel que lo veía, podía aseverar que este hombre era dulce y bondadoso, como los ángeles que nos protegen.

Este viejo pescador era, además, el abuelo más bueno del mundo. Su nietecito, Castanulis, lo adoraba y admiraba, porque no es poco tener por abuelo al abuelo más bueno del mundo.

Una tarde el abuelo y el nieto tomaron sus cosas y se pusieron en marcha para lanzar las redes. El día se había hundido en el ocaso y ahora el sol lo despedía con sus nubes de oro. El mar estaba muy tranquilo y allá, a lo lejos, apenas se divisaban las islas. Había extendida tanta bondad en la Creación que el abuelo sintió algo que lo conmovía por dentro. Se ablandaba la dureza del pescador que se regocija cuando el pez es capturado por las redes.

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– Escucha, niño mío, le dice, volviéndose a su nieto: de una tarde y una noche tan hermosas como éstas que vienen, no debe privarse ningún ser vivo. Ni pez , cangrejo, estrella, o erizo. Nadie. Esta noche todos tienen su parte en la bendición de D-s. Olvidemos pues las redes, y dejemos que la barca nos lleve donde le plazca su corazón. Partieron. Anochecía imperceptiblemente. Una sonriente luna iluminaba el cielo y las aguas.

– ¿Ves este camino de plata sobre las aguas?, dice el abuelo a Castanulis. Este es, hijito mío, el camino del amor. Se desenrolla desde la luna y se extiende por el mar.

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Qué foto más hermosa !!!. El reflejo de la luna en el mar es como el “Arbol de la Vida” en todo su esplendor.

No había terminado de hablar el abuelo y, la barca que lo escuchó, dobló y empezó a deslizarse sin remos sobre el camino del amor.

-¿ Dónde vamos abuelo?, preguntó el niño.

-Donde nos lleve la buena suerte.

El viejo pescador soñaba y Castanulis, que era un niño pequeño, no podía permanecer inactivo. Jugó primero con las amarras y con los aparejos en la barca y luego se puso a comparar sus manitos con las manos del abuelo. Eran mucho más grandes estas manos que las suyas y estaban llenas de callosidades, como son las manos de los pescadores. En el momento en que jugaba el nieto y soñaba el abuelo, sintieron que un tercero tocaba la barca. Se volvieron y, ¿qué vieron? Una hermosa nereida, de pie sobre el borde de la embarcación. Sus sueltos cabellos estaban atados cerca de su orejita con cinta verde de algas. Sus ojos observaban tu pensamiento y tu corazón. Su vestido era de fiesta como el arcoíris y usaba  dos conchas brillantes como zapatos.

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Las nereidas ( sirenas ), según la mitología griega, son ninfas que viven en las profundidades de los mares , y simbolizan todo aquello que hay de hermoso y amable en el mar.

– Vine a hacerles compañía, les dice la nereida con voz de ruiseñor. No creo que se enojen conmigo…

El abuelo la miró con sus ojos sonrientes.

– Mi querida señora, le dice. Es una alegría para nosotros, que nos acompañes esta noche. Sólo que no hay nada para ofrecerte. Un poco de pan con queso tenemos en nuestro mantel y ese pulpo en vinagre. A ti te gustan los jugos de las flores, la miel, las nueces, ¿no es verdad?

– No te inquietes abuelo, dice la nereida. Porque esta noche no nos quedará tiempo para pensar en comida. El abuelo se sorprendió.

– Todo el tiempo es nuestro esta noche, señora. Las redes no las arrojaremos y, así, ningún ser vivo del mar peligrará.

– Las redes sí las arrojaremos abuelo,  dice la nereida. Sin embargo, ningún ser vivo peligrará. Las arrojaremos cuando estemos mar adentro.

– ¿Allá donde termina el camino del amor?, preguntó Castanulis, mientras indicaba con sus manitos el surco que la luna dibujaba sobre las aguas.

– El camino del amor no termina nunca, niño mío, dijo la nereida.

El niño la miró extrañado y pensó. ¿Será posible eso? Y el abuelo la miró dulce y serenamente, diciéndole:

– Tienes razón, querida señora. El camino del amor no termina nunca. No tiene fin.

– Entonces, abuelo, dijo de nuevo la nereida, esta noche lanzaremos las redes.

No alcanzó a terminar sus palabras cuando una estrella brillante se deslizó del cielo, trazó una línea plateada en la distancia y cayó lejos en el mar.

– ¿Viste la estrella?, preguntó la nereida a Castanulis.

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Cuanto más he de esperar, Cuanto más he de buscar, Para poder encontrar , La luz que sé que hay en mi

– Uf, he visto muchas en las noches en que no hay luna y  todas las estrellas se multiplican en el cielo.

– Y  ¿sabes adónde van?

– Caen, dijo el niño.

Una vez más el abuelo volteó y miró a la nereida.

– Tú debes saber más cosas que nosotros los hombres.

– Ten paciencia abuelo, le respondió. Yo conozco cosas, pero también tú las conocerás, porque eres un hombre bondadoso.

Habían llegado a un extraño lugar.  La barca de repente creció, pero se hizo leve como una mariposa. Parecía que la habían hecho de ese papel de oro amarillo con que envuelven los bombones.

El abuelo se imaginaba más grande, enorme. Si estuviera en la habitación de la casa, no cabría de pie. Sus blancos cabellos y su barba eran ahora de plata. ¿Y sus manos?

Ay, sus manos, dirías que estaban hechas de seda y bondad, mientras que la nereida resplandecía de alegría.

Tanto brillaba todo que sentías que era imposible que alguna vez hubiese pasado la tristeza por este mundo.

– Abuelo, gorjeó la nereida, llegó el gran momento de lanzar las redes.

Tomó los extremos el abuelo y empezó a arrojar las redes de seda al mar.

Poco a poco, se hundía el extremo de la red en las aguas mientras seguía arrastrándose lentamente el resto hacia el fondo.

¡¿Qué extraña longitud la de las redes?! ¡¿Qué profundidad tienen las aguas aquí?!, preguntó el abuelo, pero no hubo respuesta. Y así paso el tiempo.

¿Cuánto tiempo pasó?, no lo sé mis queridos hijos, puesto que yo no estaba allí con el abuelo, Castanulis y la nereida. Solamente sé de la historia que, en cierto momento, la nereida sonrió al abuelo inclinando su cabecita y el abuelo entendió que era el momento de levantar las redes.

Empezaron a recogerlas. En primer lugar, llegaron gotas de agua como plata y como lagrimas. Y después, a medida que el abuelo tiraba la red, apareció el  milagro: estrellas habían sido atrapadas en las redes. Estrellas subían del fondo de este mar en la red que las traía sin ningún esfuerzo. De hecho, parecía más liviana que el hilo.

Ni el bote pesaba ni las manos del abuelo se cansaron. Sólo el océano relucía en toda su extensión por el brillo de las estrellas y por los ojos de aquellos que las observaban.

Luego, la nereida se inclinó y besó las manos del abuelo.

– Que seas feliz, le dijo, porque tienes las manos de aquél que consagró a D-s para que trajera desde el fondo, desde la invisibilidad, las silenciosas penas y alegrías secretas de los hombres. Cada una de estas estrellas fue alguna vez una lágrima de alegría o de pena en sus ojos. En aquel entonces, ninguno fue capaz de verlas y el buen D-s ordenó que estas lágrimas se convirtieran en estrellas cuyas luces iluminaran el cielo y que, en hermosas noches como ésta, caigan en este mar de suave profundidad.

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Se dice que, cuando uno ve sapararse una estrella de las otras y ésta, cae al infinito, si uno alcanza a expresar un deseo antes de que caiga, se cumplirá lo que se ha pedido.

Aquí esperan años, hasta que se encuentran las manos de un buen hombre que las devuelva al  mundo. Entonces ocurre que se borra su tristeza. La alegría las hace que irradien y encanten las almas de los hombres buenos que pueden observarlas. Estas son las estrellas benditas del cielo.

 

Cuento compartido por Patricio Perales O.

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